Francisco Vera (Bogotá, 2000) habla con pausa y precisión, a pesar de vivir en el exilio por las amenazas que ha recibido por su defensa férrea del medioambiente.

Con apenas seis años comenzó su andadura como activista y, dado su altavoz e implicación en movimientos como Guardianes por la Vida, fue nombrado por Unicef como representante de acción climática para América Latina y el Caribe.

En unos años estudiará derecho o económicas, quedamos en una cafetería, acompañado por su familia, pero ahora está centrado en su principal mandato: conseguir que los derechos y exigencias de las niñas y niños de alrededor del mundo sean escuchados.

¿Cómo surge su conciencia climática?

Cuando era bien pequeño, con seis años. Nací en Bogotá, una ciudad con nueve millones de personas, y a los dos años me fui a vivir a Villeta. Crecí rodeado de naturaleza con mi familia. Ahí empecé a desarrollar esa conciencia por el medioambiente y por mi ciudadanía: ser consciente de que soy un ciudadano y de que, como tal, tengo una voz y algo valioso que decir. 

¿Cuál fue la respuesta de su familia?

Siempre me apoyaron. En Colombia se dice «me alcahuetearon». En la primera acción que hicimos con nuestra organización, Guardianes por la Vida –un movimiento de niños, niñas y adolescentes que trabajamos por el derecho a un medioambiente limpio, sano y digno–, fue mi abuela quien me acompañó, en marzo de 2019.

¿Cómo ha sido el desarrollo de Guardianes por la Vida?

Somos unos 1400 niños en Colombia. Hay una red de escuelas donde trabajamos la educación ambiental, conservamos ecosistemas y hemos sembrado y cuidado más de 2000 árboles. También hay una labor de incidencia política, en propuestas como la prohibición de plásticos de un solo uso y del testeo animal. A nivel global, fuimos parte de las Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP) en 2023, gracias a lo cual se hizo por primera vez un diálogo de expertos sobre niñez y cambio climático. Como plataforma, brindamos las herramientas a los niños para que defiendan sus derechos en sus territorios.

Aboga por la esperanza climática en vez de la ansiedad. ¿Cuál es la diferencia?

La narrativa actual no lleva a ninguna parte. La ecoesperanza es una postura radical frente a un relato que nos dice que no hay futuro. La crisis climática es el culmen de otras crisis, como las desigualdades estructurales, sociales y económicas, y los altos niveles de violencia. Pero con la ecoesperanza, hay marco donde es posible imaginar otras realidades. Ese es el primer paso para la acción: primero imaginar y, así, actuar.

A causa de sus acciones ha recibido amenazas por las que ha decidido abandonar su país. ¿Cómo lo vive?

Vivo con dolor ver que mi país y mi región son de las más peligrosas para los defensores de derechos humanos. El exilio no es un viaje turístico, es algo forzoso. Es complejo, pero también ha sido la posibilidad para expandir la red de Guardianes por la Vida en España.

¿Cuál es la posición de la juventud fuera del entorno activista?

La veo concienciada. A pesar de que hay sectores que son más reaccionarios y haya un auge del negacionismo, mis compañeros sí tienen cierta conciencia sobre la crisis actual, y lo relacionan con otras causas, como la justicia social. 

¿Cuál es su recuerdo más preciado?

Cuando sobrevolé la Amazonía. Hace dos años, en Manaus; la vi con Greenpeace. Es impresionante ver el océano de árboles y el río. También se ven las dos caras: la naturaleza y la deforestación alrededor de los caminos. También tengo un lugar para Canarias en mi corazón, donde soy embajador para el mundo de una tierra que lucha por la sostenibilidad.. Allí hay un santuario de ballenas y es donde habita la especie calderón, que es importante porque captura carbono y juega un rol necesario en la crisis climática.