Había que celebrarlo; las victorias se festejan, y esta había sido una gran victoria. Así lo pensó Felipe II, aunque probablemente estaba esperando una excusa para llevar a cabo una de sus ambiciones, un lugar en el que enterrar a los reyes de España, tal y como deseaba su padre, Carlos I. Así que al recibir la noticia de que las tropas del Imperio habían derrotado a las francesas en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de san Lorenzo, el rey decidió que era el momento de construir el gran mausoleo de la monarquía española, el real monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Una celebración que se culminaría casi tres décadas después.
El Escorial tardó en construirse veintiún años (de 1563 a 1584). Y tiene su refrán, como lo tiene la batalla de San Quintín. Todavía hoy se repite la expresión “dura más que la obra de El Escorial”, a pesar de que, dada su envergadura, se puede concluir que no se tardó tanto. La Sagrada Familia de Gaudí, que se inició en 1882, todavía no se ha terminado. Pero no entremos en comparaciones, que se puede “armar la de San Quintín”.
En la ladera meridional del monte Abantos, a 1028 metros de altitud y junto a la antigua aldea de El Escorial, Felipe II encargó al arquitecto Juan Bautista de Toledo, y más tarde a Juan de Herrera, la construcción de un monumental conjunto que alcanzaría los 33 327 metros cuadrados de superficie y se convertiría en el mayor edificio renacentista de España. Es considerada la octava maravilla del mundo desde el siglo XVII, y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El Escorial es mucho más que un mausoleo. Albergó desde el principio funciones de palacio real, basílica, monasterio, biblioteca y colegio, simbolizando el poder de la monarquía y la espiritualidad de la Contrarreforma española. Su imponente planta rectangular, inspirada en la parrilla del martirio de san Lorenzo, y su perfecta integración en el entorno natural de la sierra de Guadarrama refuerzan su leyenda y su aura.
Desde la Puerta del Sol, en el centro de la capital, se puede llegar en tren en menos de una hora a la estación más cercana, que está a quince minutos de paseo. El Escorial está rodeado de jardines, bosques y buenos restaurantes. La entrada cuesta catorce euros (se puede comprar en la web de Patrimonio Nacional) y las familias numerosas pueden entrar gratis. La Silla de Felipe II es un mirador de granito, ubicado en el bosque de la Herrería, desde el que se puede contemplar el monasterio y alrededores, además de disfrutar del propio parque. El paseo por el pueblo, sus calles, plazas y clásicos soportales merecen dedicarle una jornada completa.
Durante la visita al monasterio, que se puede hacer con guía durante unas dos horas, hay paradas icónicas. La imponente basílica de San Lorenzo, donde reposan los restos de Felipe II; el Panteón de los Reyes, en el que están enterrados veintiséis monarcas españoles (ya no hay espacio para más); el Panteón de los Infantes; la Biblioteca Real; las Salas Capitulares, decoradas con obras maestras del Greco, Velázquez o Tiziano; la Sala de Batallas, en la que se pueden ver frescos que retratan victorias militares; la Sala de los Secretos, diseñada para que no se oigan las confabulaciones de la época; o la residencia de Felipe II.
El lado más oscuro del mausoleo se encuentra junto al Panteón Real. Se trata de la sala de putrefacción, conocida como Pudridero, diseñada para que permanecieran en ella los cuerpos de los monarcas e infantes durante unos treinta años descomponiéndose de manera natural hasta reducirse al esqueleto. Después se trasladaban a los sarcófagos del Panteón Real, que miden solo un metro de largo. Eso sí, en el Pudridero solo pueden entrar sus custodios y guardianes, una misión que recae en los frailes agustinos.
Para la construcción de El Escorial se utilizaron un millón de toneladas de granito, un material que se extrajo de las canteras de pueblos de la zona como Alpedrete, Becerril de la Sierra o Zarzalejo. La madera, el mármol, el jaspe y el bronce completan las decoraciones de esta edificación, consideraba una de las más representativas del Renacimiento en Europa.
Así celebraba la España imperial sus victorias, construyendo un edificio con forma de parrilla que merece la pena disfrutar porque se conserva casi intacto. Al entrar en su patio, se siente la imponencia que dibujan sus contundentes líneas de granito bajo el cielo de la sierra madrileña, habitualmente despejado, azul intenso.


















