Texto: Mari Carmen Duarte
Fotos: Tamara Pastora
Ya lo jaleaba Lola Flores en los tabancos y tablaos de la ciudad: «¡España, Jerez!». No hubo otra como ella. Ni como la ciudad ni como la cantaora que la vio nacer. Cuna del flamenco –del cante, del baile, del ambiente, de las fiestas y de la actitud–, escenario diario de seguiriyas, soleás, tonás y bulerías, el flamenco se cuela por todos los poros de Jerez de la Frontera sin que nadie se le quiera resistir.
La ciudad de los gitanos de Lorca se cuenta como una novela con sus espacios, sus mitos y sus personajes, empezando por la expresión misma de lo caló. Aquí germinó el flamenco, y el barrio de Santiago, lugar histórico de la comunidad, donde se encuentra el Centro Andaluz de Flamenco, el mayor del mundo. Apenas unos pasos lo separan del Centro Cultural Lola Flores y otro de los templos que homenajean a la artista: el Tablao La Guardia del Ángel, donde sus recuerdos inundan la vista y los oídos.
En Jerez, donde se aprende a bailar en las peñas como la de Luis de la Pica, en calles como la Porvera, en las corralas de vecinos del barrio de San Mateo y en escuelas como Alalá –alegría en caló–, la gente le canta a la Semana Santa, a la Navidad, a la Feria y a la vida. Y esto puede vivirse de dos formas en el barrio de San Miguel y en el de Santiago.
El toque rítmico de la guitarra y el furioso zapateado también marcan el compás complejo y vibrante en tabancos como el de San Pablo o el de las Banderillas, donde la voz afillá, ronca y rasgada, suena mejor si la acompaña un vinito dulce de Jerez con aceitunitas. Las bulerías arrancan palmas de gitanos y gachos que escapan a las fronteras de puertas y ventanas y desafían el lugar y el momento en ambos barrios.
La espontaneidad y el ritmo de la expresión y el cante melódico de las calles de Santiago, cuna del Moraíto Chico y Fernando Terremoto, casa con el flamenco visceral y la profunda emoción de San Miguel y el legado de La Paquera de Jerez. Ambos han regalado al mundo el arte de figuras como el Tío Borrico, Juan Moneo el Torta y Frijones; han creado una red de artesanos que honra cada volante, cada zapato, cada guitarra, y han recibido el reconocimiento que se merece a través de este Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad que impregna todas sus señas de identidad.
PEÑAS, LAS GUARDIANAS DEL ARTE
Escuelas vivas del flamenco fundadas por verdaderos artistas, estas asociaciones culturales han sido claves para preservar y transmitir el arte fuera de los grandes escenarios. Espacios míticos, como la Peña Tío José de Paula, la Peña La Bulería o la Peña Los Cernícalos, han dado voz durante generaciones a cantaores, guitarristas y bailaores, propulsándolos internacionalmente. La continuidad del flamenco, la conexión entre generaciones y los recitales y actuaciones de estos lugares hacen de ellas la base de la comunidad flamenca jerezana.
BULERÍA: SANTO Y SEÑA DE JEREZ
Si hay un palo que define a esta ciudad, ese es la bulería. Nacida en este rincón andaluz con ritmo, descaro y emoción, desborda con un compás que requiere un dominio fuera de lo común que aquí se aprende antes que a caminar. Un cante que rezuma garra y fiesta, ritmo y compás, un espectacular punto y final para una buena juerga flamenca.























