Texto: Álvaro Morales
En la medianía de Icod, entre populosos barrios y agricultura minifundista, un centro de interpretación y una pequeña excursión sirven de antesala de una de las visitas más sorprendentes e imprescindibles de esta parte del norte de Tenerife: un tramo de un tubo volcánico de los distintos que dejó la erupción de Pico Viejo, cono anexo al Teide, entre los que se halla el mayor de Europa. Sin duda, una excelente oportunidad para hacernos conscientes de la aplastante fuerza telúrica, que nos empequeñece y agranda hasta lo más profundo la naturaleza…, la existencia.
Desde hace dos decenios, la célebre cueva del Viento, en Icod de los Vinos (en el norte de Tenerife), ofrece una visita guiada (en cuatro idiomas: español, inglés, alemán y francés) a los ávidos por penetrar, aunque sea en un tramo de solo doscientos cincuenta metros de longitud, en las tripas del planeta. Sí, las tripas de la Tierra en una pequeña isla del Atlántico, pero que sirve de inmejorable botón de muestra de la inabarcable existencia, de este planeta gigante que, sin embargo, no deja de ser diminuto en el llamado universo, que otros conciben como multiversos…
Una excursión para asomarnos a las entrañas telúricas y comprobar lo insignificantes que podemos ser ante esa grandiosidad, y más si se sabe que es solo un tubo volcánico más de las coladas del Pico Viejo, cono anexo al Teide, de hace unos 27 000 años, y que el mayor de Europa (y uno de los más largos del mundo, con diecisiete kilómetros) se sitúa muy cerca, aunque a distinta altura.
La excursión, que tiene una duración de tres horas, comienza en el centro de interpretación del cercano núcleo de Los Piquetes y sigue con una pequeña caminata por la medianía de la zona, con sus trocitos de terreno con cultivos como papas o frutales y su pinar envolvente. La experiencia concluye con una estancia de cuarenta y cinco minutos en la gruta y resulta marcadora para muchas personas, pues permite contemplar las espectaculares y caprichosas formas que deja lava a su paso y estos tubos que parecen obra de gigantes castores del Terciario: su viscosidad, su dinamismo, su oscuridad, sus sonidos y silencios, sus saltos (hasta tres niveles), sus simas, sus terrazas, su fauna, la sensación de claustrofobia y, al mismo tiempo, la libertad por sentirse parte, aunque sea desde la más absoluta pequeñez, de algo más que grande: la naturaleza, la existencia… Imprescindible.












