Texto: Fabián Sosa
Fotos: Ana Ferrandiz
Valencia es una ciudad de contrastes, donde el legado de su pasado medieval se conserva entre muros de piedra mientras, a pocos kilómetros, estructuras de apariencia casi alienígena desafían la lógica arquitectónica. Esta fusión entre lo antiguo y lo vanguardista hace de la capital del Turia un destino fascinante, capaz de transportar al viajero desde el esplendor de la Edad Media hasta una visión futurista en cuestión de minutos.
Para apreciar esta dualidad lo mejor es recorrer la ciudad en dos tiempos: primero, explorando su casco histórico, con el barrio del Carmen como epicentro, y después dejándose sorprender por la imponente Ciudad de las Artes y las Ciencias, una de las obras maestras del arquitecto Santiago Calatrava.
En el corazón de la Ciutat Vella, el barrio del Carmen es una cápsula del tiempo donde las huellas de romanos, árabes y cristianos se entrelazan en un laberinto de calles adoquinadas. Sus murallas medievales aún conservan dos de sus antiguas puertas de entrada: las Torres de Serranos y las Torres de Quart, que allá por el siglo XIV protegían la ciudad de invasores y en nuestros días son miradores privilegiados desde los que alzar la vista por encima de los tejados del casco antiguo.
Paseando por esta zona resulta inevitable sorprenderse con palacios góticos como el Palau de la Generalitat, sede del Gobierno valenciano, o perderse en la solemnidad de la iglesia de San Nicolás. Con frecuencia, los frescos que yacen en el interior de este templo deslumbran a quienes cruzan su puerta, lo que le ha valido el apodo de «la Capilla Sixtina Valenciana». No menos impresionante es la Lonja de la Seda, un majestuoso edificio del siglo XV que, con sus columnas retorcidas y su grandiosa sala de contratación, recuerda la importancia de Valencia como uno de los principales puertos comerciales del Mediterráneo en la época dorada del comercio de la seda.
El barrio del Carmen también es un reflejo de la Valencia contemporánea. Sus antiguas fachadas conviven con vibrantes murales de arte urbano, mientras que sus plazas, como la del Tossal o la del Negrito, rebosan de terrazas donde locales y visitantes disfrutan de una horchata bien fría o una copa de agua de Valencia, un cóctel que mezcla cava, zumo de naranja, vodka y ginebra.
Al cruzar el antiguo cauce del Turia, hoy reconvertido en un gran jardín urbano, el paisaje cambia radicalmente. Valencia deja atrás la piedra y el ladrillo para sumergirse en un mundo de geometría imposible, donde el blanco resplandeciente de las estructuras se funde con el azul del cielo y del agua que las rodea. La Ciudad de las Artes y las Ciencias, inaugurada en 1998, es el gran emblema de la Valencia del siglo XXI y una de las mayores obras de Calatrava.
Este complejo vanguardista alberga edificios de formas orgánicas que parecen estar suspendidas en el aire. El Hemisfèric, con su diseño inspirado en un ojo humano, ofrece proyecciones en un cine IMAX envolvente. El Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, con su armazón de acero que recuerda el de un gigantesco dinosaurio, invita a la interacción y al descubrimiento científico. Más adelante, el Palau de les Arts Reina Sofía, con su estructura semejante a un casco de nave espacial, acoge óperas y conciertos de primer nivel. Y, como colofón, el Oceanogràfic, el mayor acuario de Europa, alberga ecosistemas marinos de todo el planeta bajo una serie de cúpulas blancas que evocan el esqueleto de un cetáceo.
Valencia, con su herencia y su apuesta por la modernidad, ofrece el equilibrio perfecto: mientras el barrio del Carmen preserva el alma histórica de la ciudad con su arquitectura medieval, la Ciudad de las Artes y las Ciencias muestra su ambición de futuro con su atrevido lenguaje arquitectónico. Ambos mundos, tan distintos y a la vez complementarios, convierten a Valencia en un destino donde el tiempo parece moverse en múltiples direcciones.













