Y como cada tarde de domingo acudió al bar y se sentó en aquel taburete, sí, aquel en el que podía casi mecerse. Pero qué más daba, era su sitio.

– ¿Del rojo o del verde?- le preguntó Yeray con mirada divertida.

No hizo falta una verdadera respuesta, solo una media sonrisa acompañada de un cabeceo.

Contempló desde su sitio cómo bañó las papas arrugadas en mojo rojo antes de servírselas. La saliva acudió rápida a su boca, pero fue el sonido del grifo y la cerveza espumosa lo que le obligó a tragar. No dudó un instante en partir una de las papas y rebañarla en aquella salsa picona que tanto le gustaba. Después venía el trago de cerveza, frío y amargo, que le hacía suspirar de pura satisfacción.

La exquisita combinación siempre le arrancaba la misma frase de los labios:

– ¡Chacho, nada casa mejor!