Por Carlos G. Gonzalez Gonzalez

No te miro, no me miras. Te noto distante. Me noto distante. De un tiempo a esta parte pasa siempre lo mismo. Juntos en la misma mesa, sí, pero sin mirarnos.

Cada uno a lo suyo, cada uno a la nada.

Ensimismados, dos cabezas agachadas. Donde antes brillaban nuestras caras ahora sólo brillan dos pantallas.

En ese momento levanto la mirada, desvirtualuzo mi alma y veo como esa sonrisa que me enamoró ilumina nuevamente tu deliciosa tez.

Este divertido vino de marmajuelo que, tras llevar a tu nariz con fina y estudiada dulzura, deslizas ahora con embriagadora sutileza a través de tu garganta me evoca a tí: Carácter, franqueza y complejidad, regado todo ello con un largo aroma de sinceridad que, con un justo carácter ácido, a nadie puede dejar indiferente.

Modo avión.

Te sonrío, me sonríes. Te miro me miras.