Texto: Francisco Javier Torres del Castillo, Director Canarias Renta 4 Banco

A lo largo de su historia reciente, la humanidad ha vivido grandes revoluciones: la máquina de vapor, la electricidad, internet. Hoy, estamos en otra, una silenciosa, inteligente. Invisible, pero imparable. No solo cambiará algunas cosas, lo cambiará todo.

En los próximos veinte años, la inteligencia artificial (IA) pasará de ser un complemento tecnológico para convertirse en algo esencial, casi orgánico, dentro de nuestras economías, y de nuestras vidas. Mucho más que una herramienta, será parte del sistema nervioso del planeta.

No será solo una cuestión de eficiencia, será una transformación profunda. Los bancos ya no solo procesarán datos: predecirán comportamientos. Los hospitales no solo tratarán enfermedades: las anticiparán. Las ciudades no solo reaccionarán: se adaptarán en tiempo real a nuestras necesidades. Parece ciencia ficción, pero es pasado mañana. Los vehículos autónomos no serán una promesa, serán norma, y el tráfico será invisible, sincronizado y casi sin atascos.

Y lo más impactante: cada avance alimentará al siguiente. Cada paso abrirá diez más. Estamos hablando de crecimiento exponencial. No progresaremos por escalones, nos moveremos por curvas, curvas que se disparan.

Crecimiento que lleva el ritmo de la llamada «ley de Moore», aquella que nació en 1965, en la revista Electronics, con la publicación del cofundador de Intel Gordon Moore. El resultado fue una predicción audaz: la cantidad de transistores en un microchip se duplicaría cada dos años, mientras que el costo de los ordenadores se reduciría a la mitad. Y así ha sido.

Muchos trabajos van a cambiar; el empleo no va a desaparecer, pero sí va a mutar, y además lo hará muy rápido. Algunos dejarán de existir. Las máquinas harán muchas cosas, pero no lo harán todo. Porque hay algo profundamente humano que seguirá siendo insustituible: el juicio, la empatía, la intuición y, sobre todo, la capacidad de imaginar.

La IA puede hacernos la vida más fácil, más cómoda, más inteligente. Servicios que se anticipen a nuestras rutinas, transporte más seguro, diagnósticos más precisos. Todo, más a medida.

Pero –y este pero es importante– también estaremos más expuestos. Más datos, más decisiones automatizadas, más dependencia tecnológica. ¿Quién decide? ¿Con qué criterios? ¿Qué pasa si el sistema se equivoca?

Esta revolución no es solo tecnológica. Es geopolítica. Quien domine la IA dominará la economía. Y tal vez algo más. Lo más importante no es si la IA va a cambiar el mundo. Ya lo está haciendo. La verdadera pregunta es ¿cómo vamos a gestionar ese cambio?