Por Alberto Piernas Medina

Fotografías por Patri Cámpora

La isla más turística del archipiélago de Cabo Verde se convierte en el mejor esbozo de ese Caribe africano con el que soñaste. Deportes acuáticos, playas de ensueño, casitas de colores y algunos de los mejores resorts del Atlántico conforman una meca del relax en la que corres el peligro de querer quedarte para siempre.

Cuando aterrizas en la isla de Sal, crees que en algún momento vas a hacerlo en el mismo Atlántico. Sus escasas dimensiones (30 kilómetros de ancho y 12 de largo) convierten este lugar en un paraíso amigable, particular; uno en el que sentirte cómodo desde el primer momento. Quizás sea por su plana orografía, por la sonrisa que lucen sus lugareños en todo momento o, quizás, por esa tranquilidad tan alejada del estrés europeo, de sus colas y bullicio, de los atascos de sus carreteras.

 

De hecho, las de la isla de Sal son pocas y conectan tan solo sus cinco pueblos: Espargos, un conjunto de casitas erosionadas en torno a una ermita azul; Palmeira, el puerto principal de la isla, donde encontrarás más barcas que habitantes; Pedro de Lume, famoso por las salinas que bautizan a la isla; Murdeira, una villa de resorts; y, finalmente, Santa María, enclave sur donde alcanzar esa paz que viniste a buscar.

Envuelto en un paisaje de encanto lunar, Santa María se divide en tres zonas muy marcadas: un entramado de residencias principalmente italianas, un conglomerado de resorts donde asoma un recientemente inaugurado hotel Hilton y, por supuesto, la zona más local. Esta última, en concreto, resulta la más atractiva de todas para quien busque el ambiente típico de la cultura caboverdiana.

Un barrio que supone toda una delicia, especialmente por el costumbrismo de sus gentes, las iglesias semiabiertas que exhalan góspel criollo o las casitas de colores tan vivos como erosionados que también respiran el eco del mar. El gran azul no está lejos, pero antes tocará pasar por las únicas tres calles turísticas de Santa María: heladerías, discotecas como el Macumba o rooftops bars como el One Love Reggae, ideal para deleitarse con música de Bob Marley entre cojines y farolillos, conforman el pequeño pero intenso pulmón nocturno de la zona.

Lugares en los que, especialmente, dos palabras se convertirán en tu nuevo mantra: “No Stress”. Las verás escritas en los carteles de las tiendas, saldrán de la boca de ese relajado vendedor de pescado o en el bar de zumos tropicales donde aún esperan recibir el cargamento de piñas para el día siguiente. Pero aquí, esos pequeños problemas de logística no importan. No hay estrés. No hay prisa.

La playa de Santa María confirma lo que venías sospechando: azul turquesa, arena blanca y deportes acuáticos. Las velas de windsurf van y vienen por la zona de Kite Beach y las lanchas en busca de barcos hundidos, pulpos y arrecifes están a la orden del día.

Finalmente, tu aventura se encamina por un lugar más estrecho en forma de puente de madera, el Pontão de Santa María, que separa las dos principales playas del pueblo regalando el mejor mosaico de la isla: niños que saltan al agua, mujeres que cotillean entre cajas de pescado o lugareños que, simplemente, ven la vida pasar. Los mismos que te dirán aquello de “No Stress” cuando te vean buscando un lugar donde cargar un smartphone que, quizás, no necesites tanto.