Por Jorge Bethencourt

El cambio de año, de siglo y de milenio hizo que mucha gente perdiera la chaveta. Algunos presagiaron el fin de los tiempos porque estaba señalado en el calendario maya o en las profecías de Nostradamus. Y los más técnicos adelantaron el colapso total de los ordenadores como consecuencia del “efecto 2000”. Luego llegó la noche mágica en que el año 1999 dio paso al 2000 y no pasó nada. Nos despertamos con la resaca del primer día de un año corriente y moliente. El ordenador seguía funcionando sin problema y ningún meteorito había caído sobre nuestra azotea.

Roque Nublo Natural Monument, (Gran Canaria Island) and Teide Volcano (Tenerife Island, Spain.

En 2003 se publicó el primer número de esta revista de Binter. No quiero decir que eso lo haya desencadenado, pero lo cierto es que muy pocos años después Canarias tuvo que sobrevivir a la tormenta perfecta. La crisis económica que estalló en 2008 ha sido comparada con el crack bursátil de 1929 por sus devastadores efectos. El Archipiélago sintió llegar las ondas de choque de un sismo que se había iniciado en el mercado del crédito internacional y vio cómo se esfumaban las cajas de ahorro tragadas por el agujero de las deudas del ladrillo, mientras cerraban miles empresas y muchos miles más de personas perdían sus empleos y sus viviendas.

Casi diez años, de estos últimos tres lustros, han durado los efectos de esa crisis que nos trajo tanto paro, recesión y pobreza, pero que también nos permitió descubrir una sociedad capaz de la mayor solidaridad y compromiso.

No todo ha sido tan malo en estos tres quinquenios. Por el camino y gracias al milagro de la conectividad aérea, Canarias vio crecer hasta los dieciséis millones el número de turistas que nos visitan cada año. La poderosa expansión del sector servicios fue el flotador que utilizamos para no hundirnos en lo más crudo de la recesión económica.

En el terreno político, las Cortes de España aprobaron, después de largos años de trabajos y trámites, el nuevo Estatuto de Autonomía. Es la carta magna de todos los canarios, en la que, por primera vez en nuestra historia, se recogen y definen, con el amparo de una norma del bloque constitucional, los derechos derivados de nuestra historia y singularidad y que afectan a los dos millones y pico de europeos que vivimos donde el diablo perdió los cuernos. O en el centro del mundo, según se mire uno el ombligo.

No ha sido nuestro único triunfo. Prácticamente desde el momento mismo de la Conquista de las Islas, y para favorecer su poblamiento, los Reyes Católicos otorgaron una serie de incentivos económicos a quienes tuvieran el valor de venir aquí a echar raíces. Con el paso de los años Canarias se convirtió en un espacio de libertades comerciales y aduaneras: puertos francos donde los impuestos eran muchísimo menores que en la España continental.

La herencia de esos fueros isleños se aprobó en 2018 con la nueva Ley del Régimen Económico y Fiscal de las Islas, en la que se recoge y determina que la fiscalidad al consumo que se aplica en Canarias es inferior a la del resto del Estado. Somos especiales también cuando pagamos impuestos.

En estos primeros años del siglo fuera de aquí pasaron algunas cosillas, como guerras, atentados y esas barbaridades que comete el ser inhumano. Pero desde las Islas apenas se ve la espuma de las olas. Es solo desde el cielo –donde está usted ahora, leyendo este número 200– donde se pueden divisar nuestros verdaderos horizontes.