Por Juan José Ramos Melo @JuanjoRamosEco

Las tierras más húmedas de Fuerteventura y Lanzarote encierran uno de los secretos mejor guardados de la biodiversidad de las Canarias: la lisneja o eslizón majorero, uno de los reptiles menos conocidos de las Islas. Un lagarto con cuerpo de serpiente, patas cortas y protuberante cabeza, que ha sido observado en muy pocas ocasiones. Su escasez y rareza ha provocado que sea considerado como uno de los reptiles más amenazados de la Unión Europea.

En Fuerteventura y Lanzarote viven cuatro especies de reptiles, el perenquén majorero, una especie de gecko endémico de las islas orientales del archipiélago canario; el lagarto atlántico, una lagartija igualmente endémica; el lagarto canarión, un gigante endémico de Gran Canaria, introducido por el tráfico de mercancías entre islas hace unos pocos años en el barranco de La Torre (Fuerteventura); y una de las más raras joyas herpetológicas de Europa, la lisa majorera o lisneja, un auténtico dinosaurio viviente.

Su descubrimiento tuvo lugar en 1889, durante un viaje naturalístico realizado por el astrónomo y naturalista austriaco Oskar Simonyi, quien exploró buena parte de Canarias. Durante ese viaje colectó varios ejemplares de reptiles que posteriormente sirvieron al herpetólogo Franz Steindachner, jefe del gabinete de zoología del Museo de Historia Natural de Viena, para describir y publicar al menos dos nuevas especies para la ciencia, el lagarto gigante de El Hierro, conocido por los científicos como Gallotia simonyi, y nuestra protagonista, denominada por la comunidad científica como Chalcides simonyi.

La lisneja vive en los escasos enclaves de bosque termófilo, principalmente palmerales al borde de tierras de cultivos, matorrales dominados por tabaibas y malpaíses con cierta humedad. La mayor parte de la observaciones existentes se localizan en las tierras de cultivo del interior de la isla de Fuerteventura; en Lanzarote parece ser más escasa. Recientemente se han encontrado restos en el islote de Lobos, donde aparentemente pudo vivir hasta hace no mucho tiempo.

Sobre sus hábitos de vida se conoce muy poco y prácticamente no se sabe nada de su comportamiento reproductor, aunque todo apunta a que los machos, mucho más grandes y corpulentos que las hembras, poseen un comportamiento territorial durante los primeros meses del año, fechas en la que se produce el cortejo. A diferencia del resto de reptiles, que normalmente ponen huevos, las hembras paren a sus crías, unas pocas semanas después de ser fecundadas. Esta es una característica común a todos los miembros de su familia, las lisas y eslizones, pero el parto es muy diferente de los de nuestra especie, ya que las crías no disponen de cordón umbilical y pasan todo el embarazo sin conexión con la madre, en un huevo con caparazón blanco.

Al parecer es un devorador de hormigas, lombrices, caracoles, cochinillas de las tuneras, larvas de escarabajos y en ocasiones incluso frutos de tuneras y flores de plantas. Todo un aliado de los heroicos agricultores tradicionales de las islas orientales, al ayudarles a librarse de futuras plagas.

La lisneja era muy respetada por los antiguos habitantes de las Islas, ya que según cuentan era usada para curar ciertas enfermedades, metiéndola dentro de un canuto de caña y colgándosela del cuello, una práctica afortunadamente desaparecida de nuestros pueblos. En la actualidad observarla en el campo es muy difícil, aunque algunos agricultores de Pájara, Antigua, Betancuria y La Oliva recuerdan haberla visto accidentalmente mientras trabajaban la tierra o al acondicionar muros de piedras de las zonas abancaladas o las divisorias de terrenos.

El abuso de productos fitosanitarios, el abandono de las tierras agrícolas, la desaparición de su hábitat natural por el sobrepastoreo y la depredación por gatos cimarrones introducidos en las Islas han hecho cada vez más escaso este auténtico dinosaurio canario.