Por Salvador Aznar

En las islas de Cabo Verde, las capturas de la pesca artesanal siguen siendo parte fundamental en la dieta de su población. Hombres y mujeres, pescadores y mercaderes, hogares familiares y restaurantes, todos moviéndose en torno a los productos de la mar, en puertos, playas y mercados.

La agricultura y la ganadería están poco desarrolladas, pero a pesar de esta circunstancia, una gran mayoría de la población vive en zonas rurales. En algunas de las islas más orientales del archipiélago –tales como Sal, Boavista o Maio– apenas existen áreas de cultivo, exceptuando algunos valles del interior en los que es posible obtener agua extraída de pequeños pozos, gracias a la menor profundidad de las capas freáticas. La ganadería también es escasa: la cabaña caprina, que en otros tiempos abundaba en las islas, ha ido sufriendo un notable retroceso a la vez que mermaban las zonas de pasto.

Sin embargo, las aguas que rodean las islas contienen gran variedad de peces, que, junto con la escasa profundidad de la plataforma costera, han propiciado históricamente una pesca artesanal que aún sigue prevaleciendo como uno de los más importantes recursos naturales del país. Atunes, peces espada, morenas, sargos, bicas, doradas, chernes… son solo algunos de los que cada día los pescadores transportan hasta las playas y puertos de cada isla. Sin olvidarnos de la garopa o garoupa, pescado de color rojo muy apreciado por los nativos, con el que se elabora el típico caldo de peixe. Langostas, lapas, percebes, gambas, camarones y pulpos completan el catálogo de productos frescos que, capturados a diario por los abnegados pescadores, conforman los puntos fuertes de la gastronomía caboverdiana. La industria pesquera de Cabo Verde, relacionada con las flotas de barcos dedicados a la pesca del atún y otras especies abundantes en sus aguas territoriales, aún no está muy desarrollada y el tipo de pesca que se lleva a cabo de manera habitual es la de costa, con barcos que cada día vuelven a puerto para desembarcar las capturas obtenidas.

En Cabo Verde cada isla muestra unas determinadas peculiaridades geográficas que la hacen diferente del resto y le imprimen un carácter único, pero si hay algo que las une a todas es su estrecho contacto con el mar. En los pueblos costeros no pueden faltar las coloridas barcas de pesca, ya sea varadas sobre la arena de la playa o amarradas en los sencillos puertos.

Cada día la actividad comienza con la llegada de los pescadores y sus preciadas capturas. Pronto en las calles y mercados comienzan a establecerse los puestos de venta; date un paseo y observa las escenas que se suceden entre risas, mientras las mujeres limpian el pescado y lo ofrecen a los posibles compradores. Asimismo, algo que no debes perderte bajo ningún concepto es acudir hasta los típicos mercados de peixe, donde podrás disfrutar del sonoro y colorido ambiente que los convierte en un espectáculo visual de lo más interesante.

Uno de los más característicos y conocidos es el de la ciudad de Mindelo. Construido en la avenida marítima de la antigua ciudad colonial, en su interior alberga a un nutrido grupo de vociferantes vendedoras, que, junto con compradores locales y turistas curiosos, completan la escenografía. Durante tu visita, podrás disfrutar de tan bulliciosa escena, pero no te distraigas demasiado y mira donde pisas, porque con el incesante trasiego de cubos y cajas con pescados, el suelo estará mojado y un resbalón podría ser bastante indeseable.

Después de tanto ajetreo, entre mercados y paseos por las playas, es hora de deleitarnos con la sencilla pero excelente gastronomía de las islas, compuesta en gran medida, cómo no, por los productos del mar. Morenas fritas con salsas, lapas asadas, pescados fritos o guisados con arroz, langostas a la parrilla y toda una serie de apetitosos platos que podrás degustar en restaurantes o kioscos de playa. A ser posible localiza un local con vistas a la costa; así, además de deleitarte con los sentidos gustativos, podrás también disfrutar del paisaje.

Al caer la tarde, acabado ya el trajín laboral y comercial y con la barriga llena, será un buen momento para acercarte hasta los lugares de reunión cerca de puertos y playas. Allí veras a los más jóvenes bañándose en las cálidas aguas o conversando con amigas y amigos del lugar. Mientras, los pescadores más experimentados –entre algún que otro trago de grogue– se reúnen para jugar a las cartas o al ouril, de origen africano y muy popular entre los caboverdianos. Tal vez incluso hasta logres entablar conversación con alguno de ellos y te contarán cómo cada día arriesgan sus vidas a bordo de frágiles barcas, sobre el poderoso océano, para traer el necesario alimento. Si es así, y logras conectar con la morabeza (hospitalidad) propia de este pueblo, entonces entenderás la idiosincrasia de unas islas construidas en las fraguas de los volcanes y esculpidas con las olas del mar.

Anécdotas e historias sobre tormentas y naufragios se sucederán, mientras el sol se oculta en el horizonte y una nueva jornada se intuye muy próxima. De nuevo hay que salir a la mar, en busca del sustento de cada día.