Por Juan José Ramos Melo @JuanjoRamosEco

El alcaudón meridional tal vez sea una de las aves más enigmáticas de las Islas. Se trata de un ave que encierra muchos secretos en su comportamiento; una especie de Doctor Jekyll y Mister Hyde, que esconde una macabra conducta de caza y alimentación tras su bello aspecto. Posado en su oteadero –en lo más alto de un arbusto–, siempre permanece atento a lo que sucede en su territorio. Desde ahí no hay presa que escape a su astucia y discreción.

Probablemente entre las aves más bellas de las Islas se encuentre el alcaudón meridional. Su plumaje combina diferentes tonos de color que van desde el azul grisáceo al blanco y el negro. Su antifaz negro le da un aspecto de superhéroe de cómic y añade misticismo a su figura. De porte elegante y discreto comportamiento, su presencia ha deleitado a viajeros y observadores de aves de todas las latitudes.

Los alcaudones ocupan terrenos abiertos de Europa, África y Asia, formando una familia compuesta por varias decenas de especies, algunas de ellas migratorias, pero la mayoría sedentarias, como los que habitan en nuestras islas.

El alcaudón es un ave muy versátil: habita tanto en llanos desérticos y campos de dunas de Lanzarote y Fuerteventura como en matorrales de medianías del sur de Gran Canaria o en los retamares del Parque Nacional de Teide. Su condición indispensable es que el lugar sea una zona abierta, que posea arbustos leñosos, preferiblemente sin formar masas frondosas.

Son aves cantoras de pequeño tamaño, que están especializadas en la imitación de cantos de otras aves, probablemente para pasar desapercibidas y no ser detectadas por sus presas. Apostado desde su oteadero, el alcaudón reclama y canta como un cernícalo, como una terrera o como cualquiera de las aves con las que comparte hogar.

Sus territorios de cría suelen estar llenos de restos de cadáveres empalados en ramas o espinas de arbustos secos. Al poseer patas de pajarillo y pico de rapaz, los alcaudones necesitan clavar sus presas en espinas o ramas secas de arbustos leñosos para poder desgarrarlas poco a poco con su afilado pico y conseguir su alimento, al más puro estilo de Jack el Destripador. Una técnica que delata su presencia, ya que en estas latitudes solo es usada por los alcaudones meridionales.

Lagartos, pequeños ratones, grandes insectos, incluso pequeñas aves son sus presas preferidas. Para conocer su dieta los ornitólogos estudian sus egagrópilas, una especie de bola con restos de alimentos no digeridos que regurgitan muchas especies de aves tras engullir sus presas. Estas bolas formadas por pelos, escamas, huesos y otros restos aportan una información muy importante para conocer su vida secreta.

Hace algunos años, investigadores de la Universidad de La Laguna encontraron multitud de semillas dentro de sus egagrópilas, un hecho un tanto extraño para un ave que no consume frutos ni semillas. El estudio detallado de su comportamiento y alimentación desveló que estas semillas provenían del estómago de sus presas: lagartos que habían comido frutos de espino y que posteriormente fueron cazados por alcaudones. Estas semillas, además, resultaron ser más fértiles que las que caían de la planta directamente al suelo, ya que pasaban dos veces por el tracto digestivo de animales, y es en esa etapa en la que los ácidos del estómago rompen las capas protectoras de las semillas, lo que aumenta su fertilidad.

Así fue descrita una curiosa relación entre semillas de plantas, estómagos de lagartos y picos de alcaudón, denominada dispersión secundaria, que también fue hallada en la dieta de los cernícalos vulgares de nuestras islas. Un hecho que muestra lo poco que sabemos aún de las relaciones que suceden en los ecosistemas insulares y lo complejos que pueden llegar a ser.