Este 2018 está resultando duro para el pueblo caboverdiano. Llevan más de 20 meses sin ver llover y sus cosechas se resienten. La falta de agua es el mayor drama de este pueblo. Los europeos vivimos en un mundo tan recargado, superficial y derrochador que deberían sacarnos a rastras de él, al menos unos días, para ver la realidad que nos rodea. Y más los canarios, aprovechando estar tan sumamente cerca…

El archipiélago macaronésico se puede resumir en dos palabras: joven y con proyección. Hay un enorme casino construyéndose en la capital de Santiago; cuentan que son los chinos quienes están haciendo una enorme inversión en Cabo Verde. Desentona mucho con la zona céntrica de Plateau.

En Santiago la gente no pinta sus casas, que se extienden color gris cemento por las llanuras y montañas. El color de las fachadas no es prioritario. Lo realmente importante es tener un lugar donde dormir o donde guarecerse de las interminables horas de calor y sol que arrecian.

Ponemos rumbo a Cidade Velha. Este poblado costeño ha adquirido fama por sus restos, ya reconstruidos, de la fortaleza de San Felipe, un fuerte edificado por la corona española en el siglo XVI que sirvió para proteger la isla de los innumerables ataques piratas que recibía.

La comunidad manda y vive en la calle. A ambos lados de la carretera se ven mujeres preparando un buen fuego para asar carne mientras niñas y niños cuidan de los bebés. Y aunque se ven muchas más mujeres, los hombres también cargan sobre sus cabezas todo tipo de contenidos.

El camino tras visitar este fuerte, reconstruido en 1991 por la Agencia Española de Cooperación Internacional, se extiende en bajada. El panorama durante el trayecto es bien distinto, humilde y básico. Los criollos, pobladores originarios de Cabo Verde, se sorprenden de la presencia blanca. No sé otros meses del año, pero en mayo casi no hay turistas en la isla.

Juan Calandraca, como le llaman, nos espera en su restaurante, el Pelourinho. El local, a los pies de la playa de Cidade Velha, tiene el nombre de la principal escultura de este pequeño litoral. En la plaza se alza el verdadero Pelourinho, como símbolo de poder, una construcción alargada de estilo gótico en mármol blanco con una pequeña cruz papista en su punta. En otras épocas, no tan lejanas, era el principal centro de vida, donde se comerciaba con esclavos.

Cidade Velha se localiza en el municipio de Ribeira Grande de Santiago. Vivió épocas muy truculentas por los saqueos constantes de los piratas. Están los restos de lo que fue una catedral de 1693, también se encuentra el convento San Francisco, reconstruido sin máquinas ni tecnología, piedra por piedra, por los caboverdianos contratados. La Rua da Banana guarda la capilla gótica de Nuestra Señora del Rosario, “patrona de los hombres negros”, relatan.

En el restaurante Pelourinho todo está exquisito. Pero la recomendación que me dio un buen amigo antes de partir a Cabo Verde fue la del arroz caldoso con marisco. Y eso comimos, acompañadas de Juan, que no dudó en invitarnos a la primera cerveza Criolla. Este canario, que se mudó a Praia hace ya 21 años, es natural de Guía, un municipio del norte de Gran Canaria.

Juan tiene cientos de amigos que pasan por su restaurante cada año a disfrutar de su menú y de su compañía. Seguro que además se corren juergas juntos. La fiesta caboverdiana no la conocí, pero sé de un grupo de marineros y marineras que sí se la merecen. Eso y todo. La patrullera Infanta Elena, con 91 militares españolas a bordo, lleva casi cuatro meses recorriendo África y pasan unos días en puerto entre maniobras y descanso. 15 400 millas náuticas dan para mucho. Pero esa es otra historia