Por David Palacios

Fotografías por Patri Cámpora y EME

Con una altitud que alcanza los 2829 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto, la isla de Fogo, en Cabo Verde, debe su nombre al volcán que todavía permanece activo y cuya última erupción se produjo en 2014. Las propiedades de la tierra volcánica han sido aprovechadas para convertir esta isla, en el sur del país, en una modesta pero cada vez más potente industria de producción vinícola.

Fogo –‘fuego’ en portugués– tuvo su primer contacto con el mundo del vino gracias a François Montrond, un aristócrata francés que se disponía a exiliarse a Brasil pero que tras descubrir este paraje decidió establecerse en la isla a mediados del siglo XIX. Allí empezó a plantar viñedos y a crear su propio vino dulce.

Desde ese momento la actividad vitivinícola se convirtió en el nuevo oficio de muchos agricultores y se empezaron a cultivar viñedos en el suelo negro y volcánico de la misma caldera, considerado como muy fértil y rico en minerales.

La mayor parte de la producción de vino se concentra en la Chã das Caldeiras, una pequeña localidad de poco más de un millar de habitantes situada en el interior de cráter del volcán.

La Associação dos Agricultores de Chã es una de las cooperativas que aglutina la mayor parte de la producción de vinos de la isla y también se encarga de su exportación. Algunas de las bodegas más importantes de la zona son Sodade, Chãves y Chã.

Fuera de la capital, la Associação de Solidariedade e Desenvolvimento (ASDE) creó en 2015 un proyecto llamado Vinha de Maria Chaves, con 23 hectáreas de viñedos y que produjo su primera cosecha en 2012. La bodega Monte Barro, desarrollada por profesionales de la vinicultura italianos en las inmediaciones del viñedo, es la encargada de transformar las uvas en unas 50 000 botellas de vino al año.

Cada uno de los vinos tiene nombres caboverdianos: Santa Lucía (blanco), Santiago (tinto), San Felipe (tinto) y Pico de Fuego (reserva).

En 2006 se recolectaron en toda la isla 100 000 kilos de uva durante el período de la vendimia – normalmente comprendido entre julio y septiembre– y se produjeron 480 000 botellas de vino.

Los vinos de Fogo tienen un cuerpo complejo y un color muy intenso debido al tipo de tierra en el que están situados los viñedos. Además, las temperaturas altas durante el día y las noches húmedas son óptimas para obtener una alta calidad en los caldos.

El tinto joven es una de las variedades que más se producen en la isla, sobre todo proveniente de la variedad de uva portuguesa preta, que le da al vino un color oscuro y que se ha convertido en una de las mejores cartas de presentación de la isla caboverdiana. También se utilizan otros tipos de uvas como tempranillo, cabernet sauvignon o touriga nacional (una variedad originaria de Portugal).

La mayor parte del vino blanco de Fogo se obtiene de las uvas dulces de moscatel y para la variedad rosada se usan unas similares a las del vino tinto, que proporcionan un sabor fresco e intenso al mismo tiempo.

En la isla también se produce el conocido como vinho passito, un caldo local de uvas passas de moscatel que usa como vino de postre, así como el manecon, un vino casero seco o semidulce que se destina exclusivamente al consumo propio.

El próximo reto de Fogo es ser reconocida por la UNESCO como Reserva Mundial de la Biosfera –como lo hiciera en 1993 su vecina Lanzarote– e ingresar en la red de geoparques.

Ambas islas comparten un origen volcánico y un importante legado vitivinícola común. Es por esta razón por la que la isla canaria, juntamente con los fondos del programa europeo MAC (Madeira, Azores, Canarias), está ayudando a la recuperación vitivinícola de Fogo con la finalidad de desarrollar un modelo turístico sostenible que permita descubrir la isla a través de rutas en la montaña o visitando el volcán, uno de los mayores atractivos de Fogo.