Por Galo Martín

El castillo de Bellver contempla la ciudad desde lo alto de una colina. Esta fortaleza frenó en el pasado a los visitantes inesperados; ahora la capital balear es accesible por mar y aire. Antes de convertirse en un lugar de veraneo fue un refugio para inquietos, artistas y escritores.

A principios del siglo XX la ciudad no contaba con un hotel de categoría para alojar a los viajeros que iban a parar aquí. En 1903 se inauguró el Gran Hotel, diseñado por el arquitecto Lluís Domènech i Montaner, por encargo del empresario mallorquín Joan Palmer Miralles. Un edificio modernista que disponía de teléfono y agua corriente, tecnología punta por aquel entonces, para que lo disfrutasen los de afuera durante su estancia en Palma.

La ciudad se acuna en una bahía, y una muralla romana y renacentista rodea el centro histórico; muro que aprovechan las parejas para besarse, discutir o mirarse. En uno de sus baluartes el hueco que han dejado los cañones lo ha ocupado el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo. Es Baluard, donde se exhiben pinturas y esculturas de Cezanne, Gauguin, Picasso, Barceló y Miró. Este último tiene su fundación muy cerca, en Cala Major. Se trata de un espacio cultural que incluye la casa taller del artista, diseñada por el arquitecto Josep Lluís Sert, y una sala en la que se exponen algunas de sus obras.

Antes que Miró –quien vivió 27 años en Palma–, el arquitecto Antoni Gaudí estuvo en la ciudad reformando el interior de la catedral, una construcción gótica a la que también ha metido mano el pintor mallorquín Miquel Barceló en la capilla del Santísimo. El templo en cuestión se levantó sobre una antigua mezquita que, junto con La Almudaina, el antiguo alcázar musulmán, conforma un conjunto monumental y patrimonial. La catedral parece una pieza de exposición en el Parque del Mar, sobre el que se eleva para proyectar su reflejo en un estanque que simula un espejo. Cuando no estaba esa pared de contención decorada con un mural de Miró las olas rompían a los pies del templo.

Por el paseo del Borne, dando la espalda al Mediterráneo, uno se introduce en la ciudad vieja, en la que cohabitaban pescadores, obreros y burgueses. El antojo, y el dinero, de estos últimos hizo que el Modernismo se instalase en Palma procedente de Barcelona. Las calles se decoraron de edificios que lucían fachadas onduladas a base de hierro forjado, mármol, madera, cerámica, azulejo y piedra, como las de Can Barceló, las gemelas Casasayas y la de los almacenes L’Águila. Ese trabajo detallista también impregnó el interior de esas construcciones: la decoración y el mobiliario iban en consonancia con el exterior de la vivienda. Toda esta ornamentación contrasta con el vacío de la antigua lonja de mercaderes del siglo XV.

Aunque vacías no estén, las calles de Palma desprenden una austera intimidad. Los patios de las casas señoriales atraen por su silencio y sus refinados toques góticos, renacentistas y barrocos. Los hay abiertos al público y cerrados; entonces hay que contemplarlos desde el otro lado de la verja.

Ya dijimos que Palma primero fue un refugio. Se corrió la voz y Santa Catalina se convirtió en el barrio favorito de los extranjeros. En este rincón urbano se alternan centros de yoga, pastelerías y restaurantes foráneos con sifonerías y bares que sirven caracoles. Así es Palma, una ciudad reservada que se abre al Mediterráneo.