Por Juan Carlos Acosta

Sus calles adoquinadas recuerdan al pasado de muchos pueblos de Canarias, igual que sus plazas con templete o las fachadas de las casas del casco antiguo y la avenida marítima. Y es que Mindelo, considerada la capital cultural de Cabo Verde, recibió el mismo pálpito colonial portugués que dejó también su impronta arquitectónica en toda la Macaronesia, conformada por cinco archipiélagos atlánticos cercanos a África que comparten identidades, océano y continentes. Por eso, caminar por la capital de la isla de São Vicente puede resultar, además de grato, cuando menos sorprendente porque, al tropezar con esos rincones, plazoletas o zaguanes que nos parecerán tan entrañables y familiares, esperamos oír a cada paso el acento canario, aunque lo que surge en todo caso son palabras medio portuguesas y medio africanas –el criollo– y rostros de personas de tez morena, a menudo rubias y de ojos claros.

Mindelo se levanta ante la hermosa bahía de Porto Grande, que sirvió como refugio en el siglo XIX a navíos de comerciantes procedentes de Europa, sobre todo portugueses e ingleses, y la convirtió en el enclave más floreciente de todo el país. Fue en 1852 cuando Portugal ordenó la planificación y el trazado urbanístico de la ciudad para asentar a una numerosa comunidad lusa que sirviera de base estratégica para la entrada y salida de sus intereses mercantiles en el golfo de Guinea y sus territorios, poseedores de grandes riquezas naturales.

Por ello, Mindelo, declarada en 2003 Villa Cultural de la Lusofonía, se abre ante nuestros ojos con cierto sabor europeo, con reminiscencias de fado convertido en morna, el son musical conocido en el resto del mundo gracias a su cantante más universal, Cesária Évora, fallecida en 2011; y como cuna de la morabeza, que es como sus habitantes denominan su hospitalidad y amabilidad.

La ciudad se agolpa en torno a la Rua de Santo Antonio y la Rua Libertadores de África, antiguamente conocida como Rua Lisboa, donde se encuentran la mayoría de los edificios más emblemáticos, como el Mercado Municipal, la Biblioteca, el Centro Cultural o el Paços do Conselho. Nombres representativos de su municipalidad lusófona son, entre otros, praia de Leginha, Fonte de Meio, Praça Nova Amílcar Cabral, su Torre de Belém o el mítico Café Lisboa, santo y seña de la bohemia local.

Hoy en día aquellos barcos antiguos que fondeaban en Mindelo hace dos siglos se han convertido en modernos yates o veleros que recalan en su marina deportiva para seguir rumbo al litoral africano o para cruzar el océano en dirección a América del Sur, por lo que la ciudad respira turismo durante la mayor parte del año y ofrece su gastronomía, compuesta sobre todo de pescado fresco y mariscos, y su ocio nocturno, distendido, veraniego y casi caribeño, a los viajeros y visitantes que partirán con la idea de volver a este enclave manso, soleado y cristalino al que no pocos colonos denominaron en su tiempo Perla del Atlántico.

Mindelo es recoleto, apacible y hospitalario y ofrece varias visitas obligadas, como la lonja del pescado, pequeña industria artesanal por donde pasan las capturas del día, especialmente grandes ejemplares de túnidos, sardinas o caballas relucientes; para después volver hacia el centro por la avenida Marginal y sus pequeñas ramblas frente a las fachadas de casas y edificios pintados con colores alegres. Es recomendable también sentarse un buen rato en la Praça Nova para respirar su paz, hacer una visita a su Mercado Municipal, caminar por el promontorio que lleva a Alto de San Nicolau, sobre el puerto, o subir a Monte Verde para disfrutar de una magnífica vista sobre la capital, la Bahía das Gatas y una gran parte de la isla. De fondo nos encontraremos con las perspectivas marinas de la vecina San Antao y con la silueta de las cumbres de Santa Luzia, antesala del resto de los siete microclimas y diferentes personalidades isleñas de Cabo Verde.