Por Aarón Rodríguez González

Fotografías por Jose Chiyah Álvarez

La Palma, escenario de la mayor parte de las más recientes erupciones volcánicas de Canarias, es un lienzo de sublimes y variadas formas repleto de color, un paraíso que impresiona al senderista con mil y un lugares destinados a ser descubiertos con calma disfrutando palmo a palmo de sus bosques, montañas, barrancos y volcanes a través de su densa y bien acondicionada red de senderos.

En esta ocasión, la Isla Bonita nos muestra su más emblemático tesoro: la Caldera de Taburiente. Producto de enormes deslizamientos, de erupciones volcánica y de la fuerza erosiva del agua a lo largo de millones de años, se levanta un colosal circo de más de 8 kilómetros de diámetro y, puntualmente, casi dos mil metros de profundidad. Una descomunal cicatriz abierta sobre la joven piel insular, que alberga un valioso patrimonio botánico, geológico, y arqueológico. El maravilloso pinar canario que aquí reside, uno de los mejores del Archipiélago, convive en Taburiente con los gigantescos precipicios, con el sereno sonido de los arroyos, el graznido de los cuervos y el legado del pasado benahorita de la Isla Bonita; razones que justifican, de sobra, la declaración para esta joya del máximo grado de protección ambiental: el de Parque Nacional, categoría que ostenta desde el 6 de octubre de 1954.

Penetrar en el interior de la Caldera requiere adentrarse en el Barranco de Las Angustias, un surco sinuoso que serpentea al pie de las espectaculares paredes. Iniciaremos nuestro recorrido en el parking de La viña, siguiendo las señales del sendero PR-LP 13. Avanzaremos por él durante 6 kilómetros en suave ascenso por el cauce disfrutando del sonido del agua, haciéndonos cada vez más pequeños a medida que los colosales farallones que circundan la Caldera se hacen más y más altos. El paraje es sobrecogedor, digno de latitudes lejanas, de tiempos prehistóricos. Caminamos sobre el lecho de piedras que la fuerza del agua, a lo largo del tiempo, ha transportado, pulido y depositado. Tras superar Dos Aguas, el punto en el que se unen los cauces de los arroyos del Almendro Amargo y Taburiente, abandonamos el PR-LP 13 y tomamos la senda del primero. Por fin, a menos de un kilómetro de la bifurcación, alcanzaremos un espectacular paraje que nos dejará sin aliento. La Cascada de colores, donde se combinan los verdes de la vegetación con los ocres y naranjas, recibe su baño de color de las sales de hierro disueltas en las aguas que se precipitan desde los nacientes de la cumbre hacia el Barranco de las Rivanceras. El sonido del agua cayendo por la cascada, las magníficas paredes grises que se elevan hacia los cielos, los pinos que se sujetan a las rocas como equilibristas y el habitual azul del cielo en esta vertiente de la Isla Bonita configuran un escenario de ensueño, un paraje en el que embelesarse con los reconfortantes efluvios de la naturaleza. Tras disfrutar por un rato de este excepcional regalo de la naturaleza, regresamos al punto de partida siguiendo la misma senda.