Por David Lorenzo

En estos tiempos en los que no se deja hablar sobre la independencia de Cataluña que mejor que hablar sobre un momento en el que toda la Península Ibérica estuvo bajo el control de una sola dinastía, la de los Austrias españoles. La unión fue (relativamente) duradera, 60 años en total e involucró a 3 reyes.

La Unión Ibérica se produjo durante el reinado de Felipe II. El rey en cuyo imperio nunca se ponía el sol tuvo la oportunidad de reclamar la corona de Portugal tras la muerte en batalla de Sebastián I. Felipe II tenía derecho de ser rey de Portugal al tener ascendencia de la monarquía lusa por parte de madre.

De los tres propuestos finalmente se decidió elegir en las Cortes de Tomar a Felipe II como rey de Portugal, generándose de esta manera la Unión Ibérica. Gran parte de la aristocracia lusa apoyo al rey Austria, ya que garantizaba el mantenimiento de las estructuras de poder. Pero otros lo vieron como una amenaza a la autonomía de Portugal. Esto llevo a una revolución liderada por el Prior de Crato, que finalmente acabo en derrota de este ultimo.

Como prometió Felipe II se respetaron los fueros y costumbres de Portugal. Únicamente se contaba con la presencia de un gobernador (a veces un virrey) cuya función era presentar los intereses del rey español en los territorios.

Sin embargo fue su nieto, Felipe IV, quien empezó a hacer cambios. En esta etapa se empiezan a aplicar en los reinos hispánicos modificaciones con la intención de centralizar mas el poder real. La división institucional y administrativo que existía entre los diferentes reinos dificultaba el gobierno. Las medidas llevadas a cabo no hicieron mucha gracia a los portugueses, quienes empezaron a considerar necesario la separación de la dinastía de los Austrias. La Unión Ibérica estaba en peligro.

Felipe IV había reducido los privilegios de la nobleza portuguesa. Aunque tanto su abuelo como su padre (Felipe II y Felipe III) habían permitido que los cargos fueran ocupados por la aristocracia local Felipe IV empezó a enviar a cargos desde Castilla. Además, debido a la crisis económica del Imperio los impuestos empezaron a aumentar para mantener los altos costes de la Corte y del ejercito.

El malestar era mucho mayor en la defensa de las colonias portuguesas. Los principales enemigos del Imperio hispánico eran en ese momento Holanda e Inglaterra y estaban causando muchos estragos en las colonias. Los ataques estaban poniendo en peligro los intereses comerciales de la burguesía portuguesa en las colonias.

Por otro lado no gustaba tampoco que usaran a portugueses como soldados para defender los intereses del Imperio. Ya muchos habían muerto en guerras anteriores, que parecían no tener fin. La gota que colmo el vaso fue precisamente en 1640, cuando una rebelión en Cataluña obligo a solicitar de nuevo a hombres portugueses para defender los intereses del imperio en la zona.

Una vez tomada esta medida los portugueses decidieron separarse de la dinastía de los Austrias. Finalmente un grupo de insurrectos, apoyados por Miguel de Almeida decidieron poner fin al gobierno de margarita de Saboya y su secretario de estado Miguel de Vasconcelos. La revolución fue todo un éxito y se logro la independencia. Para ocupar la corona se decidió que fuese el Duque de Braganza, Juan de Braganza, coronado como Juan IV en diciembre de 1640.

Esta revolución, que supuso el fin de la Unión Ibérica, no fue aceptado por el Imperio Español. Esto llevo a un largo conflicto conocido como la Guerra de Restauración portuguesa. Tras un conflicto que duro 28 años, finalmente fue firmado el Tratado de Lisboa en 1668 por Alfonso VI de Portugal y Carlos II de España.

Para saber mas

  • Cardim, Pedro (2014) Portugal unido y separado Felipe II, la unión de territorios y el debate sobre la condición política del Reino de Portugal. Valladolid Universidad de Valladolid
  • Nido y Segalerva, Juan del (1914) La unión ibérica estudio crítico. Tipología de P. P. de Velasco